viernes, 30 de mayo de 2008

En Memoria del Padre Ireneo


Artículo publicado el martes 12 de febrero de 2008 en el Diario "El Pueblo"

Muchas veces me han dicho que es casi imposible que un niño recuerde lo que ha vivido antes de los cinco años. Esto solo se da cuando involucra personas que afectan nuestra vida a través de momentos gratos o por el contrario momentos ingratos en demasía. En este caso fue la primera de estas dos razones.
Tendría cuatro años cuando mi abuelo, antiguo vecino de la calle Colón, saludaba a un hombre vestido con un pantalón gris, una camisa del mismo color y un collarín. Este señor se acerco y saludo efusivamente a mi abuelo que era un buen hombre, pero católico “a su manera”. Este amigo de mi abuelo volteo a mirarme y con el más sincero cariño me dio un par de bofetadas a manera de saludo. Era la primera vez que me saludaban de esa manera así que me dio al inicio un poco de temor, no lo he de negar.
A partir de ese momento más de una vez lo vería, incluido las bodas de oro de mis abuelos, así como en la muerte de ambos. Este hombre, que saludaba a todo el mundo, siempre preguntaba por mis padres y mis hermanas y casi podría decir que recordaba, mejor que yo, muchos detalles de mi familia. El sería el encargado de administrar los primeros sacramentos (el bautizo y la Comunión) a mis hermanas y a mí.
Siempre, absolutamente siempre, era complicado saludarlo después de las ceremonias o de las misas, ya que se le veía rodeado de una serie de personas, la mayoría niños, que le hablaban. Lo sorprendente es que a todos prestaba atención.
En la adolescencia era imposible pensar en la Semana Santa sin ver esa procesión del lunes en que el participaba. Su devoción al Cristo de la Caridad era encomiable, e incluso porque no decirlo envidiable. En ese momento uno lo podía ver rodeado de múltiples autoridades. Recuerdo que una vez después de una de estas ceremonias, le pregunte porque no era párroco o obispo y me dijo, con su alegría vasca: “Que el no estaba para tonterías y que lo dejaran morir en paz”.
En mis primeros años de universidad más de una vez fui a visitarlo simplemente para hablar con alguien, escuchar sus consejos y su preocupación por la falta de vocaciones Carmelitas. Y aunque muchas veces se que el, porque no tenía pelos en la lengua para decírmelo, estaba en contra de mis decisiones en materia religiosa me alentaba a seguir amando al Dios cristiano.
Hace menos de siete meses lo vería por última vez, ya no estaba en Santa Martha lo habían trasladado a la que sería su última morada: la Parroquia de Lambramani. Ya arrastraba los pies y los años se dejaban ver en su rostro. Pero me saludo, me reconoció y me volvió a preguntar como estaba mi familia. Fue en ese momento que vinieron a mi memoria todos estos recuerdos.El día domingo nos enteramos de su muerte ocurrida el día anterior. No se ha quien le impresionó más la noticia, si a mis padres o a mi. Una vez me dijeron, que Dios es como un agricultor que saca los frutos de la tierra cuando ve que estos ya están maduros. Creo que en este caso, y Dios perdone mi duda, Dios no estaba esperando que el Padre Ireneo madure para llevarselo, sino que lo dejaba en la tierra para que ayudase a otros a madurar.

No hay comentarios: