
Arequipa esta pasando por una temporada de lluvias, que ha comparación de los años anteriores muestra un crecimiento significativo; dentro de lo bueno que ha traído esto a la ciudad esta la garantía de que las reservas de agua para este año, tanto para el sector agrario como para consumo urbano, están cubiertas. Pero a la par, la presencia de este fenómeno natural pone a la luz tres problemas constantes en Arequipa: la falta de planificación pública, el desorden urbano y lo que es más lamentable la falta de preparación por parte de la población para enfrentar estas consecuencias.
Hay gente, como sabemos, que ha perdido económicamente estos días: los vendedores ambulantes, la gente que por distintos motivos no acondicionaron sus viviendas para aguantar este temporal, etc. Pero hay personas que la han pasado peor: Los sin casa. Ellos son a los que nos hemos acostumbrado a ver en las calles, los que sabemos que por las noches se repliegan debajo de los portales de la Plaza de Armas o en la vía pública a descansar mientras caminamos en medio de ellos desconociéndolos.
Algunos de ellos victimas del alcohol u otro mal social igual de grave; pero la mayoría arequipeños pobres, hombres y mujeres que por necesidad y sin contar con un apoyo inmediato luchan por sobrevivir. Nosotros les hemos dado la espalda.
En estos días la opinión pública y los medios de comunicación se han dedicado a criticar los errores por omisión cometidos por las autoridades locales en lo que se refiere a la calidad de nuestras vías de comunicación así como a la falta de un sistema de alcantarillado. ¿Pero ellos?, ¿quién habla por ellos?, ¿quién se dedica a pensar en estos arequipeños?. Es lamentable pensar que ya han dejado de importarnos.
Debemos recordar que la dignidad del ser humano es igual en todos: desde el sano al enfermo, desde el rico al pobre, desde el líder político–social hasta el común de los ciudadanos, desde el niño al anciano. Tenemos que tener siempre presente que debemos tratar a los otros tal como querríamos que ellos nos tratasen, pero dudo que alguien en su sano juicio desease recibir la atención que nosotros estamos dándoles a nuestros conciudadanos que la están pasando mal en estos momentos, si algún día caemos en necesidad.
Ellos también son arequipeños. Nosotros que estamos prestos a reconocer la dignidad de nuestra ciudad y lograr que se respete sobre los abusos que enemigos tanto externos como internos desean perpetrar en contra de nuestro desarrollo, no nos olvidemos de ellos que también son hijos de nuestra tierra de igual valía e identidad que nosotros.
La dignidad no sólo se ve agredida cuando vemos como matan a alguien sin sentido en el África, cuando vemos una violación contra el principio de no discriminación en Europa, o cuando somos testigos de un secuestro en Colombia. Las violaciones contra la dignidad las tenemos a lado de nosotros, en la persona que sufre y no le prestamos atención mirándolos con desdén.
Nosotros que defendemos la identidad de nuestro pueblo, que nos unimos a la protección y engrandecimiento de nuestra ciudad, debemos también de entender que si sólo uno de los nuestros sufre todos sufrimos. Ahora, cuando veamos caer la lluvia de nuestro cielo arequipeño, pensemos por un momento en nuestros hermanos y exijamos a las autoridades, pero ante todo a nosotros mismos, ayudar a los que realmente lo necesitan en este momento: los sin casa arequipeños.
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